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lunes, 31 de diciembre de 2012

SANTORAL 31 DE DICIEMBRE



31 de diciembre



SAN SILVESTRE,
Papa



H e combatido con valor, he concluido la carrera,
he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar
la corona de justicia que me está reservada.
(2 Timoteo, 4, 7-8).

   San Silvestre I se había distinguido por su celo y su caridad durante la primera persecución. Subió a la cátedra de San Pedro en el año 314, menos de un año después del edicto de Milán, que concedía la paz a la Iglesia. Recibió de Constantino el palacio de Letrán y en él estableció su morada, así como la basílica principal de Roma. El mismo año envió delegados al Concilio de Arlés, donde fueron condenados los donatistas, y después, en el año 325, al Concilio general de Nicea, que anatematizó a Arrio. Murió San Silvestre en el año 335.

MEDITACIÓN
TRES REFLEXIONES
SOBRE EL AÑO TRANSCURRIDO

    I. ¿Podría decir con verdad como San Pablo: He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe? Hete aquí al término del año; repasa en tu espíritu todo el bien y todo el mal que has hecho durante este año, y mira si tus buenas acciones son más numerosas que las malas. ¿Cuántos días transcurrieron sin que hicieras nada para Dios? Sin  embargo, este año te fue dado únicamente para servirlo, para hacer penitencia de tus pecados y merecer el cielo mediante la práctica de las buenas obras.

   II. ¿Dónde están ahora los placeres y los honores de que gozaste durante este año? ¡Todo ha pasado, y no te queda sino el triste recuerdo de haber ofendido a Dios por bienes pasajeros y falaces! ¿No es verdad que, al contrario, experimentas una gran alegría por el bien que hiciste tratando de agradar a Dios? Ya no experimentas el esfuerzo que tus buenas obras te costaron, y tienes la esperanza de ser recompensado por ellas. Tu vida pasará como este año, tus placeres pasarán tanto como tus trabajos, y el único consuelo que te quedará será haber servido al Señor. ¿Quién me devolverá este día, este año que perdí en la vanidad? (San Euquerio).

   III. Acaso pasaste parte de este año en pecado mortal. Si durante esa época hubieras muerto, ¿dónde estarías ahora? Dios te ha dado tiempo para hacer penitencia; aprovéchalo mejor en lo porvenir ¡acaso no tengas más que este año de vida! Prepárate, pues, a morir, haz una buena confesión, y si quieres pasar santamente todos los días del año que va a comenzar piensa todos los días en la muerte y en la eternidad. Dios te ha ocultado tu último día, para que te prepares a él todos los días de tu vida. (San Agustín).

El pensamiento de la muerte Orad
por vuestros bienhechores.

ORACIÓN

   Pastor eterno, considerad con benevolencia a vuestro rebaño, y guardadlo con protección constante por vuestro bienaventurado Sumo Pontífice Silvestre, a quien constituisteis pastor de toda la Iglesia. Por J. C. N. S. Amén.

domingo, 30 de diciembre de 2012

SANTORAL 30 DE DICIEMBRE



30 de diciembre



SAN SABINO,
Obispo y Confesor



En esto conocerán todos que sois mis discípulos,
si os amáis unos a otros.
(Juan, 13, 35).

   San Sabino, obispo de Asís, invitado a adorar una estatua de Júpiter, la tomó en sus manos y la arrojó al suelo, donde se hizo pedazos. el gobernador le hizo cortar las manos y lo condenó a morir en prisión perpetua. El juez a cuya guarda fuera confiado se convirtió al ver sus milagros y, a su vez, padeció el martirio poco después de la muerte de San Sabino.

MEDITACIÓN
SOBRE EL AMOR AL PRÓJIMO

   I. Se debe hacer al prójimo todo el bien que se pueda, asistirlo en sus necesidades materiales y espirituales. ¿Has cumplido durante este año este primer deber de la caridad cristiana? ¿Cómo has trabajado en la conversión de las almas, en la práctica de las obras de misericordia corporales y espirituales? ¿Cuántas ocasiones has perdido de acudir en ayuda de Jesucristo en la persona de tu prójimo? No te gloríes de amar a Dios si no amas a tu prójimo. Si alguien dice que ama a Dios y, al mismo tiempo, aborrece a su hermano, es un mentiroso. (San Juan).

   II. Ten cuidado de no herir a tu prójimo con tus palabras o tus actos; el que ofende a su prójimo ofende a Jesucristo, porque lo que hicieres al menor de los hombres a Jesucristo mismo se lo haces. Ten buena opinión de los demás y juzga favorablemente sus acciones. ¿Has observado estos preceptos en el curso de este año? ¿Cuántas veces has desobedecido a tus superiores y dado motivo de descontento a tus iguales y a tus inferiores? ¿No tienes enemigos? Si los tienes, reconcíliate con ellos lo antes posible.

   III. En una palabra, ¿has tratado a los otros como quisieras ser tratado tú mismo? Quieres ser estimado, alabado, honrado, quieres que se te perdonen tus faltas y que se hable bien de ti: ¿tienes para con los demás la caridad que exiges de ellos? Sé familiar con tus amigos, afable y equitativo para con todos. Dios permitirá que se te trate como tú hayas tratado a los demás, y Él mismo usará contigo la medida que tú hayas usado con tu prójimo. No hagas a otro la que no quisieras que se te haga a ti.

El amor al prójimo 
Orad por vuestros enemigos.

ORACIÓN

   Dios omnipotente, mirad nuestra flaqueza, ved cómo el peso de nuestras obras nos abruma, y fortificadnos por la gloriosa intercesión de San Sabino, vuestro mártir y pontífice. Por J. C. N. S. Amén.


sábado, 29 de diciembre de 2012

SANTORAL 29 DE DICIEMBRE



29 de diciembre




SANTO TOMÁS BECKET,
Obispo y Mártir



El que guarda los mandamientos
mora en Dios, y Dios en él.
(1 Juan, 3, 24).

   Nacido en Londres en 1118, Santo Tomás Becket estudió en Oxford y en París. Llegó a ser canciller de Inglaterra bajo el reinado de Enrique II y después arzobispo de Cantorbery en 1162. Fue perseguido por el rey por haber defendido las inmunidades de la Iglesia y se retiró a Francia por espacio de siete años, alimentándose de legumbres, acostándose en el duro suelo y llevando siempre un cilicio. Intervino una reconciliación y Santo Tomás fue finalmente restablecido en su cargo; pero, cuatro semanas después de su vuelta a Inglaterra, fue asesinado al pie del altar, en 1170. Enrique II protestó no haber ordenado este crimen y fue descalzo a su tumba al año siguiente.

MEDITACIÓN
SOBRE EL AMOR DE DIOS

   I. Meditemos en estos tres últimos días del año, acerca de nuestros deberes para con Dios, para con el prójimo y para con nosotros mismos. Has sido creado para amar a Dios sobre todas las cosas; éste es tu único quehacer, todo lo demás nada es. Dime, por favor, ¿qué has hecho durante este año? Examina tus acciones, tus pensamientos y tus palabras. De días pasados, de tantas horas transcurridas, s has consagrado al servicio de Dios? ¡Oh gran Dios! ¡Vos queréis hacerme dichoso eternamente, y yo rehúso serviros durante los pocos momentos que me quedan de vida!

   II. ¿Qué has hecho contra Dios? ¿Cuántas veces has desobedecido a sus mandamientos y rechazado sus inspiraciones? ¿Cuántas veces has abusado gracias y profanado sus sacramentos? Interroga a tu conciencia, y di con David: "Contra Vos solo, Dios mío, he pecado". He guardado las apariencias, he querido contentar a los hombres con una devoción de puro alarde, pero no he podido con ello contentar a Dios que ve hasta el fondo de mi alma. He pecado contra Vos solo y he hecho el mal en vuestra presencia. (El Salmista).

   ¡Cuántas cosas pudiste hacer por Dios y no hiciste! Y sin embargo ¿Pudo acaso Dios hacer por ti más de lo que hizo? Pongamos, pues, manos a la obra, demos al Señor el resto de nuestra vida. Bastante hemos trabajado para nuestro cuerpo y para la tierra, hagamos algo para nuestra alma y para el cielo. Hemos dado un año a nuestro cuerpo, demos algunos días a nuestra alma; vivamos un poco para Dios, después haber vivido tanto para el siglo. (San Pedro Crisólogo).

El amor de Dios
Orad por el Papa.

ORACIÓN

   Dios, que habéis visto caer al glorioso pontífice Tomás bajo la espada de los impíos por la causa de vuestra Iglesia, haced, os lo conjuramos, que todos imploran su auxilio obtengan el efecto saludable de sus ruegos. Por J. C. N. S. Amén.

viernes, 28 de diciembre de 2012

SANTORAL 28 DE DICIEMBRE




LOS SANTOS INOCENTES,
Mártires



Herodes mandó matar a todos los niños que había
en Belén y en toda su comarca, de dos años abajo.
(Mateo,2, 16).

   Había Jesús nacido en Belén, y los magos vinieron de Oriente a la corte de Herodes para averiguar dónde acababa de nacer "el rey de los judíos". Turbóse Herodes, y, habiendo convocado a los príncipes de los sacerdotes, les preguntó donde debía nacer el Cristo. Llamó después a los magos en secreto y les dijo: "Id, informaos con cuidado acerca de este niño, y cuando lo hayáis encontrado, hacédmelo saber, para que yo también vaya a adorarlo". Pero los magos, advertidos por el Cielo, no volvieron. Se enfureció Herodes e hizo degollar a todos los niños de Belén y sus alrededores, hasta la edad de dos años. Este bautismo de sangre envió muchos ángeles al cielo.

MEDITACIÓN
SOBRE LA FIESTA
DE LOS SANTOS INOCENTES

    I. Estos niños vertieron su sangre por Jesucristo antes de conocerlo. Hace ya tantos años que tú conoces a Dios y los beneficios con que te ha colmado, y ¿cómo lo has servido? Dale la flor de tu vida, conságrale a su servicio tus mejores años, como los santos inocentes. ¡Dichosos niños, no pueden aún pronunciar el nombre de Cristo, y ya merecen morir por Él! (San Eusebio).

   II. No es hablando, sino sufriendo y muriendo, como estas primicias de los mártires, estas flores de la naciente Iglesia confesaron la fe de Jesucristo. A menudo Dios pide que tú lo confieses callándote y sufriendo. Te calumnian, te persiguen: sufre, cállate. ¡Ah! ¡cuán elocuente testimonio de tu fidelidad es esta paciencia muda! En vano dices que eres totalmente de Dios: corresponde que lo digan tus acciones; trabaja por Dios, sufre por amor suyo.

   III. Debes ser inocente como estos niños si quieres entrar en el cielo: Si perdiste la inocencia bautismal, es preciso que laves tu alma en las amargas aguas de la penitencia. Ojos míos, derramad vuestras lágrimas para extinguir el fuego del infierno y aun del purgatorio, y para lavar mis pecados; porque nada que esté sucio entrará en el reino de los cielos. ¡Dichoso si a semejanza de estas santas almas, podemos obtener la corona del martirio! Esta edad, todavía no apta para la lucha, está ya madura para la victoria.

La pureza
Orad por los niños de China.

ORACIÓN

   Oh Dios, cuyos Inocentes mártires publican hoy la gloria no con sus palabras sino con su sangre, haced morir en nosotros los vicios todos, a fin de que la santidad de nuestra vida venidera proclame la fe que confiesan nuestros labios. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 27 de diciembre de 2012

SANTORAL 27 DE DICIEMBRE



27 de diciembre



SAN JUAN,
Apóstol y Evangelista



Pedro vio venir detrás  pecho.
al discípulo amado de Jesús, 
aquél que en la Cena se reclinara sobre su pecho.
(Juan, 21, 20).

   San Juan era todavía joven cuando siguió a Jesús. Fue su discípulo predilecto a causa de su inocencia, asistió a su transfiguración, se recostó en su pecho en la última Cena, subió con Él al Huerto de los Olivos, y recibió a María como Madre, ayudó a sepultar al Salvador y acudió el primero con Magdalena a su tumba el día de su resurrección. Después de la Ascensión, fue a predicar el Evangelio al Asia Menor y se estableció en Éfeso con la Santísima Virgen. Conducido a Roma en el año 95, bajo Domicia no, y arrojado a una caldera de aceite hirviendo, salió de ella sano y salvo y fue desterrado a la isla de Patmos, donde compuso el Apocalipsis. De vuelta a Éfeso, escribió contra los gnósticos su Evangelio que, con sus tres Epístolas, es el inflamado código de la caridad. Sobrevivió a todos los otros Apóstoles.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE SAN JUAN

   I. He aquí al amigo íntimo de Jesús, aquél que descansó sobre su pecho en la última Cena, ya quien el divino Salvador hizo partícipe de sus más grandes secretos. La primera condición de una verdadera amistad es no tener secretos para el amigo. ¿Está abierto tu corazón para Jesús? ¿No tomas ninguna resolución sin haberlo consultado? En todo tiempo puedes penetrar en su corazón por la adorable llaga de su costado; ¡Y Él no puede hacerlo en el tuyo, lleno como está totalmente de las creaturas! Os amo, oh Dios mío, y deseo amaros siempre más. (San Agustín).

   II. La segunda cualidad de la amistad es compartir con el amigo lo que se posee. Ahora bien, Jesús durante su vida dióse todo entero a San Juan y, al morir, le dio a su madre. "Hijo mío, dijo, he aquí a tu Madre". San Juan se había dado por entero a Jesús, había abandonado todo para seguirlo. Date del mismo modo todo entero a Jesús, si quieres ser su amigo. ¿A quién destinas tu corazón? el mundo es indigno de poseerlo. ¿Qué has dado a Jesús en retribución de su ternura? ¿Le has consagrado tu cuerpo, tu voluntad, tu inteligencia, en una palabra todo lo que eres y todo lo que posees?

   III. En fin, la tercera cualidad de la amistad es la semejanza: el amor hace semejantes a los amigos, si ya no lo son. Fue también este amor el que hizo a San Juan semejante a Jesús, lo hizo también hijo espiritual de María. Jesús te amará, si te asemejas a Él. Para lograrlo, es menester, no que te recuestes visiblemente sobre el corazón de Jesús, sino que Jesús venga a tu corazón, y que no tengas tú otra voluntad que la suya. Tener los mismos gustos, y las mismas repugnancias, he ahí la verdadera amistad. (San Jerónimo).

El amor de Dios
 Orad por el aumento de la caridad.

ORACIÓN

   Dignaos, oh Dios de bondad, derramar sobre vuestra Iglesia los rayos de vuestra luz celestial, a fin de que iluminada con las enseñanzas de San Juan, vuestro Apóstol y Evangelista, alcance las recompensas eternas. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

SANTORAL 26 DE DICIEMBRE




SAN ESTEBAN,
Protomártir



Esteban, lleno de gracia y de fortaleza,
obraba grandes prodigios y milagros entre el pueblo.
(Hechos de los Apóstoles, 6, 8).

   San Esteban, primer diácono elegido por los Apóstoles para la distribución de las limosnas entre los fieles, fue también el primer mártir de Jesucristo: ¡qué gloria! Reprochó vivamente a los judíos el que hubieran echado mano a traición y dado muerte al Justo, al Mesías prometido, y lo confesó magníficamente ante Caifás y el gran Consejo. Hasta vio que los cielos se abrían y a Jesús a la diestra del Padre. Llenos de furor, los judíos lo arrastraron fuera y lo lapidaron mientras Esteban, de rodillas, pedía a Dios que los perdonase. ¡Saulo, el futuro gran San Pablo, tenía sus vestiduras!

MEDITACIÓN
SOBRE LA MUERTE
DE SAN ESTEBAN

   I. San Esteban se declara abiertamente discípulo de Jesucristo. No teme la muerte porque está lleno de gracia y de fortaleza; y esta gracia y esta fortaleza le vienen de su fe. La vista del cielo, que se abrió ante sus ojos, lo hace insensible a los tormentos. Si tuviese yo un poco de fe, si de tiempo en tiempo  considerase la corona que Dios me prepara en el cielo, ¿qué temería aquí en la tierra? ¿qué amaría fuera de Vos, oh mi dulce Jesús?

   II. Soporta valerosamente la muerte y, al morir, ruega por los que lo apedrean. Sufre tú por Jesús las persecuciones y la muerte, si es necesario. Nada podrías hacer por Él de lo cual no te haya dado ejemplo; pero sufre orando por los que te persiguen. ¿Sabes por qué San Esteban perdona tan fácilmente a sus enemigos? Porque la crueldad de ellos prepara su triunfo. ¿Cómo quieres que se irrite contra aquellos que le abren la puerta del cielo ? (San Eusebio).

   III. Los Hechos de los Apóstoles dicen, al referir la muerte de este santo, que se durmió en el Señor. Su muerte fue, pues, semejante a un dulce sueño: fue, en efecto, el término de todos sus trabajos y el comienzo de su reposo. Señor, concededme la gracia de morir con la muerte de los santos, con esta muerte tan preciosa ante vuestros ojos. Alma mía, vivamos, suframos, trabajemos, como los santos, y moriremos con la muerte de los santos. ¡Que muera yo con la muerte de los justos!

La caridad
Orad por vuestros enemigos.

ORACIÓN

   Señor, concedednos la gracia de imitar a aquellos a quienes honramos, a fin de que aprendamos a amar a nuestros enemigos, pues celebramos el nacimiento al cielo del que oró a Jesucristo Nuestro Señor por sus mismos verdugos. Amén.

martes, 25 de diciembre de 2012

NAVIDAD: MISA DEL DÍA


MISA DEL DÍA


El misterio que la Iglesia honra en la tercera Misa, es el eterno Nacimiento del Hijo de Dios en el seno de su Padre.
A medianoche, celebró al Dios-hombre naciendo del seno de la Virgen en el establo; al amanecer, al Divino Niño que nace en el corazón de los pastores; en este momento, cabe contemplar un nacimiento mucho más maravilloso que los otros dos, un nacimiento cuya luz deslumbra los ojos de los Ángeles, y que es eterno testimonio de fecundidad sublime de Dios Nuestro Señor.
El hijo de María es el Hijo de Dios. Es nuestro deber proclamar hoy la gloria de esta generación inefable:consustancial con el padre, Dios de Dios, Luz de Luz.
Elevemos nuestros ojos a este Verbo eterno, que era en el principio con Dios.
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La Santa Iglesia abre los cánticos del tercer Sacrificio por aclamación al Rey recién nacido.
Ella celebra el poderoso Principado que tiene como Dios, antes de todos los tiempos, y que recibirá, como hombre.
Es el Ángel del Gran Consejo, el enviado del Cielo para cumplir el propósito sublime concebido por la Santísima Trinidad, para rescatar al hombre por la Encarnación y la Redención.
Un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado; lleva sobre sus hombros el signo de su Principado, y será llamado el Ángel del Gran Consejo.
La Iglesia pide, en la Colecta, que la nueva Natividad del Unigénito, según la carne, nos libre a los que la vieja servidumbre nos tiene bajo el yugo del pecado; es decir, que no sea privada de sus efectos, sino que ella obtenga nuestra liberación.
El Apóstol San Pablo, en el maravilloso comienzo de su Epístola a los hebreos, destaca el eterno Nacimiento del Emmanuel.
Mientras que nuestros ojos están fijos con ternura en el dulce Niño del pesebre, San Pablo nos invita a elevarlos hasta la Suprema Luz, en la que el mismo Verbo que se digna habitar el establo de Belén, escucha al Padre eterno decirle: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.
Y hoy es el día de la eternidad, sin noche o mañana, sin amanecer ni atardecer…
Si la naturaleza humana que se digna asumir en el tiempo lo pone por debajo de los Ángeles, su elevación por encima de ellos es infinita por su calidad de Hijo de Dios. Él es Dios, es el Señor. Envuelto en pañales permanece inmortal en su divinidad, porque tiene un nacimiento eterno.
En presencia del establo y del pesebre a los cuales desciendes hoy, te proclamamos Hijo eterno de Dios, confesamos tu eternidad…
En el principio era el Verbo. Y el Verbo estaba en Dios. Y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios.
Todas las cosas fueron hechas por Él. Y nada ha sido hecho sin Él. Lo que ha sido hecho era vida en Él. Y la vida era la luz de los hombres…
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba y el mundo por Él fue hecho, y no le conoció el mundo.
… Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. Y vimos la gloria de Él; gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
¡Oh luz infinita! ¡Oh sol de justicia! Somos la oscuridad; ¡ilumínanos!
No queremos más ser ni de la sangre, ni por la voluntad de la carne, ni por la voluntad de varón, sino de Dios, por Ti y en Ti
Te has hecho carne, oh Verbo eterno, para que nos uniésemos a Ti y fuésemos deificados.
Tú naces del Padre, naces de María, naces en nuestro corazón: tres veces Glorificado seas por este triple Nacimiento, oh Hijo de Dios, tan misericordioso en tu divinidad…, tan divino en tus anonadamientos…
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Hemos considerado la Fe y la Esperanza de la Santísima Virgen. Contemplemos ahora su Caridad.
La caridad es el amor; y el amor es, esencialmente, la vida de Dios.
Dios es amor, dice San Juan. ¡Qué palabras tan breves y tan substanciosas! En ellas se encierra todo lo que es Dios, con su majestad infinita, con su poder y sabiduría infinita, con su eternidad infinita.
¡Dios es amor! Ya está dicho todo con eso.
Pues bien, eso es María. También Ella participa, en cuanto es dado a una criatura, de la vida de Dios, pero de modo más excelso, más perfecto y verdadero que ningún otro ser. Dios quiso que nadie la aventajara en su amor, que nadie pudiera compararse con Ella, en cuanto a vivir esa vida de Dios. Sólo Ella había de amar a Dios, más que todas las criaturas juntas… Sólo de Ella se podría decir que también es el amor…
Y amó María a Dios, como Dios mismo nos lo había mandado, con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas.
Esta es la medida que Dios ha puesto a nuestro amor.
La Santísima Virgen amó a Dios con todo su corazón. ¡Todo!, ya está dicho con eso, la intensidad de su amor.
No dio al Señor un corazón dividido, no reservó ni una fibra, ni una partícula para Sí misma, ni para dársela a criatura alguna, ¡Todo…, todo entero!…, sin limitaciones ni reservas, sin titubeos ni regateos, sino todo y siempre, aquel Purísimo Corazón, perteneció a solo Dios.
María amó a Dios con toda su alma. Con todas las potencias, con toda la vida del alma.
Su entendimiento, no se ocupó en otra cosa que no fuera Dios o la llevara a Dios.
Su memoria, recordaba, sin cesar, y le ponía delante los beneficios y gracias que del Señor había recibido.
Su voluntad, era única en sus aspiraciones, porque no aspiraba sino a cumplir, en todo, la voluntad de Dios y someterse a ella, humildemente y también alegremente.
En eso ponía Ella todas sus complacencias.
María amó al Señor con todas sus fuerzas. Es consecuencia del corazón y del alma que totalmente ama a Dios. Pero quiere esto decir, que era tal la intensidad de este amor, que no retrocedía ante nada. Estaba dispuesta a todo, al mayor sacrificio si era necesario para este amor.
No es posible un amor grande e intenso que no sea a la vez triste, porque necesariamente se ha de entristecer al ver a quien se ama, despreciado, desconocido, injuriado.
El amor de María, tuvo que ser intensamente triste, al contemplar la dureza del corazón de aquel pueblo escogido, que tan mal correspondía a los beneficios de Dios.
Meditemos su dolor y su tristeza, cuando contemplaba la frialdad y tibieza de los judíos ante el pesebre.
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Otros dos caracteres del amor que debemos a Dios, y del que a Él tuvo la Santísima Virgen, son la complacencia y la benevolencia, que vienen a ser como los actos interiores del amor de Dios, en que nuestra alma puede y debe ejercitarse cuando ama.
El amor de complacencia es el amor que Dios se tiene a Sí mismo. Al contemplar su propia esencia y ver en ella su santidad infinita, su bondad suma, no puede por menos de tener una complacencia infinita.
Dios no puede amarnos a nosotros con este amor, no encuentra en nosotros nada en qué complacerse, ni siquiera la imagen de su esencia, que nos imprimió en la creación, porque por el pecado el hombre ha tenido la desgracia de borrarla de su alma. Sólo pecados, faltas, miserias. Esto es lo único que puede Dios ver en nuestras almas. ¿Qué gusto ni qué complacencia podrá sentir a la vista de esto?
Pero nosotros sí que podemos, y debemos, amar a Dios de esta manera.
Aunque visto a tan gran distancia cual es la que nos separa de Dios, no podemos por menos de contemplar, a poco que le miremos y le estudiemos, su incomparable hermosura, su santidad, su poder, su sabiduría, su justicia y su misericordia.
De suerte, que así como una madre se complace en las perfecciones y buenas cualidades de su hijo, así nosotros hemos de tener complacencia especial en admirar reflejadas en las criaturas todas esas perfecciones de Dios, deleitándonos al verle y contemplarle tan grande, tan sublime, tan magnífico, gozándonos de que sea como es y extasiándonos ante la excelencia de todos sus atributos y perfecciones.
Esta complacencia es la que constituye la gloria de los santos y bienaventurados en el Cielo, quienes al ver la hermosura de la esencia divina, sienten tal gusto y felicidad, que no pueden contenerse sin prorrumpir, en compañía de los Ángeles todos, en aquel cántico del Santo Santo Santo… que ha de durar por toda la eternidad.
¡Qué amor de complacencia el de María!… ¿Quién conocía mejor que Ella a Dios para apreciarle y amarle con locura, cada vez más y complacerse en sus perfecciones infinitas?
¿Quién pudo ver mejor a Dios… y gozar de Dios más que Ella, que en su Hijo veía constantemente a la vez a su Dios?
Por otra parte, nadie causó en Dios un amor de complacencia como Ella.
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El amor de benevolencia es, como su nombre lo indica, el amor que quiere el bien y busca y trabaja por hacer bien a quien ama.
Aquí sí que podemos abismarnos ante el amor de benevolencia tan infinito que Dios nos ha tenido. Si todo, todo lo que tenemos es de Él, si todo lo que nos ha dado es un bien y para nuestro bien.
Lo extraordinario es, que tratándose de Dios, aunque parezca mentira, también podemos y debemos amar a Dios de esta manera. No sólo podemos desear un bien a Dios, sino que podemos dárselo.
¿Es posible esto? Y, si es posible, ¿no será el desahogo más perfecto del amor, saber que podemos corresponder al amor que Dios nos tiene y que le podemos devolver algo de lo mucho que nos ha dado? ¡Qué dicha la nuestra! ¡Qué felicidad mayor que ésta para el corazón que ama!
¿Qué podemos dar a Dios? La gloria extrínseca que le puede venir de las criaturas.
Dios todo lo ha creado para su gloria y, por lo mismo, las criaturas han de dar gloria a Dios a su modo. Pero este modo es muy imperfecto, ya que ellas no tienen conocimiento ni pueden alabar a Dios, que son las dos condiciones para tributarle la gloria. Luego es el hombre el que en nombre de toda la creación, debe dar a Dios esta gloria de todas las criaturas.
Naturalmente, que con eso no añadiremos a Dios ni un grado más de su gloria intrínseca y esencial, que esto no está en la mano de las criaturas, pero habremos aumentado su gloria exterior, que consiste en las alabanzas y homenajes que debe tributarle la creación entera, como a su Señor y Criador.
Además, el celo, es lo segundo que también podemos dar a Dios, esto es, buscar almas, ganar almas en las que Dios sea conocido, amado, alabado y glorificado.
Este celo es tan esencial en la vida del amor, especialmente de este amor de benevolencia, que con razón se ha dicho: El que no tiene celo, no ama. El celo es como la llama del amor; si hay fuego de amor, habrá llamas de celo. Ése es el que devoraba a los Santos todos y les lanzaba a arrostrar los mayores peligros y la misma muerte, con tal de dar a Dios almas ganadas con sus sacrificios y trabajos.
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En cuanto al amor de benevolencia, aún más claramente se echa de ver en María la perfección de su amor.
Ella dio a Dios, lo que nadie pudo darle. Ni en la tierra ni en el Cielo se dio jamás gloria mayor que la que daba el Corazón de su Madre Inmaculada.
Hemos dicho y con verdad, que María amaba tiernamente a Jesús, porque, al fin, era Hijo suyo…, pero que al mismo tiempo, en su Hijo veía, adoraba y amaba a su Dios.
Todos los actos de amor maternal para con su Jesús, eran actos purísimos de amor de Dios y la unión estrechísima que como Madre tuvo con su Hijo, fue causa de la unión íntima y perfecta de su corazón para con Dios.
Durante el tiempo que permaneció Jesús en su purísimo seno, por un misterio incomprensible de humildad y de amor por parte de Dios, la vida de Dios fue la vida de María. La propia sustancia de la Madre nutre y alimenta a su Hijo, que es Dios.
Y Dios transmite a su vez a su Madre todas sus ideas y sus sentimientos. ¡Qué revelaciones! ¡Qué afectos! ¡Qué sentimientos! ¡Qué océano de luz y de amor!
María tiene el Cielo mismo en su Corazón, no tiene que levantar los ojos hacia arriba para orar a Dios, sino recogerse en su interior, porque todo lo tiene allí, física y moralmente, es una misma cosa con Jesús. Ora con la oración de Dios, vive con la vida de Dios, ama con el amor de Dios.
¡Qué cosa más admirable! ¡Qué unión más venturosa!
Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros…


P.CERIANI

SANTORAL 25 DE DICIEMBRE



25 de diciembre



LA NATIVIDAD
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

María dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió
en pañales, y lo recostó en un pesebre, porque
no había lugar para ellos en la posada.
(Lucas, 2, 7).



  
   Augusto, señor del mundo, había ordenado un censo general y preparó así sin saberlo el cumplimiento de las profecías; María y José debieron trasladarse a Belén. Carentes de un techo hospitalario, se retiraron a una gruta que albergaba a un buey. ¡Allí fue donde nació el verdadero Señor del mundo! Envuelto en pobres pañales y acostado en un pesebre de piedra sobre un poco de paja, no fue calentado sino por el amor materno y paterno y por el aliento del buey de los pastores y el asno de los pobres viajeros. A estos homenajes se asoció toda la creación espiritual y material: los ángeles del cielo anunciaron al Salvador, primero al pueblo de. Dios ya los humildes en la persona de los pastores, que acudieron ala gruta; después, una estrella misteriosa llevó a ella a los magos, primicias de la gentilidad y de los grandes. Toda la tierra estaba entonces convidada a entrar en el divino redil. ¡Gloria a Dios y paz a los hombres!

MEDITACIÓN
SOBRE LA NATIVIDAD DE JESÚS

   I. La desnudez del Hijo de Dios hecho hombre debe inspirarnos el desprecio de las riquezas y el amor de la pobreza. Jesús es abandonado por todos; carece de fuego, tiene sólo algunos pañales para defenderse de los rigores del frío. Es la primera lección que Dios nos da viniendo a este mundo; ¿c6mo lo escuchamos nosotros? ¿Qué amor tenemos por la pobreza? Tanto la ha amado Jesús, que ha descendido del cielo para practicarla. ¿Qué remedio aplicar a la avaricia si la pobreza del Hijo de Dios no la cura? (San Agustín).

   II. La humildad brilla con admirable fulgor en el nacimiento de mi divino Maestro. Quiere nacer en un establo, de una madre pobre, esposa de un pobre artesano: todo en este misterio nos predica humildad. ¿Podríamos dejarnos todavía arrastrar a la vanidad? ¿Ambicionaremos todavía dignidades y honores? Aprendamos hoy lo que debemos amar y estimar; persuadámonos de que la verdadera grandeza de un cristiano consiste en imitar a Jesús y en humillarse.

   III. El amor de Jesús por los hombres lo redujo a estado tan pobre y tan humilde. El hombre se había perdido queriendo hacerse semejante a Dios, Dios lo redime tomando su naturaleza y sus debilidades. Quiso Jesús hacerse semejante a nosotros; respondamos a su amor haciéndonos semejantes a Él. Él quiere nacer en nuestro corazón por la gracia; no le neguemos la entrada y cuando esté en él, conservémoslo mediante la práctica de las buenas obras. Cristo nace en nuestra alma, en ella crece y se desarrolla: pidámosle que no quede mucho tiempo pobre y débil. (San Paulino).

La humildad
 Orad por la Iglesia.

ORACIÓN

   Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que el nuevo nacimiento según la carne de vuestro Hijo unigénito, nos libre de la antigua servidumbre a que nos tiene sujetos el pecado. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 24 de diciembre de 2012

NAVIDAD: MISA DE LA AURORA


MISA DE LA AURORA



Es hora de ofrecer el segundo sacrificio, la Misa de la Aurora.
La Santa Iglesia ha glorificado por la primera Misa el Nacimiento temporal del Verbo, según la carne.
En este momento, honrará un segundo Nacimiento del mismo Hijo de Dios, nacido de la gracia y misericordia, en los corazones de los fieles cristianos.
He aquí, en este mismo momento, invitados por los Santos Ángeles los pastores vienen a toda prisa a Belén; se agolpan en el establo, demasiado estrecho para contener la multitud.
Dóciles a la advertencia del Cielo, llegaron a conocer al Salvador, nacido para ellos. Y encontraron todas las cosas tal como los Ángeles se las habían anunciado.
¿Quién podrá describir la alegría de sus corazones, la simplicidad de su fe, la profundidad de su esperanza?
No se sorprenden de encontrar oculto por tal pobreza al que su nacimiento conmueve a los mismos Ángeles. Sus corazones han comprendido todo; adoran y aman a este Niño. Ya son cristianos.
¿Qué pasa en el corazón de estos hombres? Jesucristo nació en él; allí vive ahora por fe, la esperanza y la caridad.
Por lo tanto, llamemos a nuestro turno al divino Niño a nuestra alma; hagámosle lugar y que nada cierre la entrada de nuestros corazones.
Es para nosotros también que hablan los Ángeles, es para nosotros que anuncian la Buena Noticia; el beneficio no debe detenerse en los únicos habitantes de las campañas de Bethlehem.
Con el fin de honrar el misterio de la silenciosa venida del Salvador en las almas, el sacerdote va a presentar por segunda vez el Cordero sin mancha al Padre celestial que le envió.
Que nuestros ojos estén fijos sobre el Altar, como los pastores en el pesebre; busquemos como ellos al Niño recién nacido envuelto en pañales.
Al entrar en el establo, no conocían aún a Aquél que iban a ver; pero sus corazones estaban dispuestos.
De repente lo perciben, y sus ojos se detienen en este Sol divino. Jesús, desde el fondo del pesebre, les envía una mirada de amor; ellos se iluminan y encienden, y el día se abre en sus corazones.
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Hemos llegado a esta aurora bendita; ha aparecido el divino Oriente que esperábamos. Y no debe ocultarse más en nuestras vidas, porque hemos de temer por sobre todas las cosas la noche del pecado, de la cual nos libera.
Somos hijos de la luz e hijos del día; debemos desconocer el sueño de la muerte; hemos de velar siempre, recordando que los pastores velaban cuando el Ángel habló con ellos y el cielo se abrió para ellos.
Todos los textos de la Misa de la Aurora nos hablan del esplendor del Sol de Justicia. Degustemos esas citas como cautivos, durante mucho tiempo encerrados en una prisión oscura, a quienes una suave luz llega para devolverles la vista.
Resplandece en el pesebre el Dios de la luz. Sus rayos divinos embellecen todavía más los rasgos augustos de la Virgen Madre, que lo contempla con tanto amor; el venerable rostro de San José también recibe un nuevo resplandor.
Pero estos rayos no se detienen en las estrechas paredes de la gruta; si ellos dejan en la oscuridad merecida a la ingrata Belén, se expanden por todo el mundo y encienden en millones de corazones un amor inefable por esta Luz, que arranca a los hombres de los errores y de sus pasiones, para elevarlos hacia el Cielo.
El Introito celebra el amanecer del Sol divino. El brillo de su aurora anuncia ya el esplendor de su mediodía; comparte su fuerza y su belleza; está armado para su victoria; y su nombre es el Príncipe de la paz.
La oración de la Iglesia en esta Misa de la Aurora es para implorar la efusión de los rayos del Sol de justicia sobre las almas, a fin de que ellas sean fecundas en obras de luz, y que las antiguas tinieblas no aparezcan nunca más.
El Sol asomó para nosotros, es un Dios Salvador en toda su misericordia. Estábamos lejos de Dios, en las sombras de la muerte; ha sido necesario que los rayos divinos descendiesen hasta el fondo del abismo donde el pecado nos había precipitado.
Hemos sido regenerados, justificados, somos herederos de la vida eterna. ¿Que nos separa ahora del amor de este Niño? ¿Haremos inútiles las maravillas de un amor tan generoso; nos tornaremos nuevamente esclavos de las tinieblas de la muerte?
Mantengamos más bien la esperanza de vida eterna, a la cual nos han iniciado misterios tan altos.
Imitemos la solicitud y avidez de los pastores para ir a buscar al recién nacido.
Apenas han escuchado la palabra del Ángel, dejan todo sin demora y van al establo. Llegados a la presencia del Niño, sus corazones ya preparados reconocen al Hijo de Dios; y Jesús, por su gracia, nace en ellos.
Se regocijan y sienten que están unidos a Él; y su conducta dará testimonio del cambio que ha tenido lugar en sus vidas.
¡Sí!, mantengamos la esperanza de vida eterna, a la cual nos han iniciado misterios tan altos.
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Hemos considerado en la Primera Misa la Fe de María Santísima. Contemplemos ahora su esperanza.
Como fruto de la vida de Fe, brota espontáneamente en el corazón la esperanza.
Si aquélla nos lleva a conocer bien el valor de las cosas de la tierra y del Cielo, ésta nos lleva y arrastra a despreciar las primeras y a desear y confiar en la posesión de las segundas.
Dulcísima virtud la de la esperanza. Virtud completamente necesaria para la vida espiritual. Sin Fe no es posible agradar a Dios; tampoco sin la esperanza.
Es la desconfianza en Él lo que más le desagrada. La esperanza y confianza en Dios, establece en nosotros relaciones necesarias y obligatorias para con Él; debemos creer que Dios es remunerador, esto es, que dará según su justicia a cada uno lo que merece, y, por eso, con la esperanza, esperamos y confiamos en que Dios nos salvará…, que nos dará gracia suficiente para ello y, en fin, nos concederá cuanto le pidamos, si así conviene.
La esperanza, por tanto, es un verdadero acto de adoración, por el que reconocemos el supremo dominio de Dios sobre todas las cosas; su Providencia, que todo lo rige fuerte y amorosamente; su Bondad y Misericordia, que no desea más que nuestro bien.
Prácticamente viene a confundirse con aquella vida de Fe que se confía y abandona ciegamente en las manos de Dios.
Admiremos especialmente esta esperanza tan confiada, tan firme, tan segura y cierta, en la Santísima Virgen.
Recordemos nuevamente la Expectación del Nacimiento de Jesús, sobre todo después de su milagrosa Concepción en su purísimo seno. La vida de María no era más que una dulcísima esperanza, llena de grandes anhelos y de deseos vivísimos por ver ya nacido al Mesías prometido.
En Ella se resumió, acrecentada hasta el sumo, toda la esperanza que llenó la vida de los Patriarcas y Santos del Antiguo Testamento.
Seguía, paso a paso, el desarrollo de todas las profecías, y veía cómo, según ellas, se acercaba ya el cumplimiento de las mismas; que estaba ya en la plenitud de los tiempos…, y como su fe no dudaba ni un instante de la palabra de Dios, vivía con la dulce y consoladora esperanza de ver y contemplar al Salvador.
Una vez nacido, la esperanza de Nuestra Señora aumentó más y más.
En efecto, son muchas las cosas que producen, aumentan y conservan la confianza de uno en otro; por ejemplo, la certeza de la bondad y de la constancia de aquel en quien uno confía, la familiaridad y experiencia de su amor, su largueza en los beneficios y el sabor gustado de su dulzura.
En todas estas cosas abundó sobremanera la Virgen Madre. Estuvo abismada siempre en la contemplación de Dios y de sus perfecciones, y vivió en la más estrecha intimidad con Él: con el Hijo unigénito, que nació de Ella; con el Padre, como comparental suyo, y con el Espíritu Santo, como permanente y suavísimo huésped de su alma.
Conforme a esto, experimentó con suma frecuencia y de modo eminentísimo la caridad y amor que Dios le tenía, como a quien Él se había unido con tan íntima y grande dignación, que llegó hasta el punto de hacerse su Hijo.
Así conoció los beneficios que de Él había recibido con divina munificencia, y gustó que el Señor es dulce, y que es infinita la grandeza y la abundancia de su dulzura.
Y así de todas estas cosas sacó y tuvo en Dios la esperanza más perfecta y plenísima.
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También es María Santísima el objeto de nuestra esperanza y no sólo porque de Ella también hemos de gozar en el Cielo, contemplando su belleza encantadora, la hermosura de su virtud, la blancura de su pureza, sino, además, porque de Ella ha de venirnos la gracia que necesitamos, a Ella, debemos pedir diariamente, frecuentemente, la gracia de la perseverancia final.
Si sabemos acudir a la Santísima Virgen en los momentos de mayor oscuridad, de vacilación y cansancio, Ella nos alentará y nos conseguirá la gracia de perseverar.
Contemplemos a María viviendo siempre con la vista en el Cielo, no vivía más que de Jesús y para Jesús.
Pidámosle nos dé un poco de esta vida, que experimentemos algo de ella en este día de Navidad, para que así estimemos como despreciable todo lo de la tierra y no vivamos más que suspirando por la vida verdadera que nos ofrece el Niño Dios.
Habiendo tenido la Bienaventurada Madre Virgen la virtud de la esperanza de un modo excelentísimo, y además porque es también nuestra esperanza, como piadosa auxiliadora en el negocio de la salvación, se pueden aplicar muy bien a la Bienaventurada Virgen aquellas palabras del Eclesiástico: Yo soy la Madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza.
Así, San Agustín la llama única esperanza, de los pecadores; y San Germán de Constantinopla, esperanza de nuestra salvación.
Por lo cual, en la Antífona Salve Regina invocamos a María de todo corazón: Dios te salve, esperanza nuestra.
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El motivo y la garantía principal de nuestra esperanza es el mismo Dios con su bondad, su gran misericordia, su omnipotencia y su fidelidad para cumplir todo lo que nos ha prometido.
Toda la obra de la Encarnación fue hecha, al decir de San Pablo, para demostrar su misericordia, pero aún más lo demostró la obra de la Redención y la perpetuidad de la misma en la Eucaristía.
En verdad, que cuando se ven las promesas que hizo Dios en el Antiguo Testamento a los Patriarcas, a su pueblo escogido, y la exactitud con que se sujetó a ellas hasta en sus más mínimos detalles, se anima y consuela uno viendo la certeza de lo que nos ha prometido: la gracia, el Cielo, la posesión y el gozo de la visión beatífica, pues se convence el alma de que todo esto no son meras palabras, sino una dulce y grandiosa realidad.
Y aún quiso Dios hacernos más sensible este fundamento de nuestra esperanza; y para eso colocó toda esperanza en su Madre y en nuestra Madre ¡Qué motivo para confiar y nunca desesperar al ver que Dios y nosotros tenemos una misma Madre!
Si nuestra esperanza en Dios se ha de fundar en su misericordia, en su bondad y en su fidelidad, ¿no vemos claramente que en María ha depositado todos estos títulos, para animarnos mejor a acudir a Él por medio de Ella?
Mirando a María, no caben las desconfianzas, no tienen razón de ser las desesperaciones, no se explica el más mínimo desaliento.
No lo olvidemos, pues, en los sufrimientos, humillaciones, tentaciones, luchas y vicisitudes de la vida, siempre una mirada a María nos alentará, nos dará el consuelo que necesitamos, nos animará a trabajar y a practicar las virtudes cuesten lo que costaren.
Acudamos especialmente a Ella en estos días de Navidad; y ya que le pedimos que después de este destierro nos muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre purísimo, pidámosle también que nos lo haga ver espiritualmente durante estos santos días.


P.CERIANI